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viernes, 30 de octubre de 2015

El cerebro requiere amor para desarrollarse

Fuente: http://www.ngenespanol.com/ciencia/salud/15/01/20/el-primer-ano-devida.html


A finales de los ochenta, cuando la epidemia de cocaína crack hacía estragos en las ciudades estadounidenses, Hallam Hurt, neonatóloga de Filadelfia, pensaba con inquietud en el daño causado a los hijos de familia de bajos ingresos comparando chicos de cuatro años que habian sido expuestos a las drogas con otros que no lo estuvieron, sin hallar diferencias significativas. No obstante, descubrieron que el Coeficiente Intelectual (CI) de ambos grupos era muy inferior a promedio. “todos eran niños adorables y, sin embargo, su CI eran de 82 y 83 -recuerda Hurt-. Fue impresionante, porque el CI promedio es de 100”.

La revelación hizo que los investigadores desviaran su atención de lo que diferenciaba a los dos grupos hacia lo que tenían en común: una crianza en condiciones de pobreza. A fin de entender el ambiente de los niños, visitaron sus hogares con un cuestionario y preguntaron a los progenitores  si tenían en casa, al menos, 10 libros infantiles, un reproductor de música con canciones para los pequeños y juguetes para enseñarles los números.
Observaron que los niños que obtenían más atención y apoyo emocional solían alcanzar un CI más elevado; los que recibían ás estimulación cognitiva se desempeñaban mejor en tareas de lenguaje, y quienes disfrutaban de una crianza más afectiva sobresalían en tareas relacionadas con la memoria.

Años después, cuando los niños llegaron a la adolescencia, los investigadores les realizaron estudios de resonancia magnética y compararon las imágenes de sus cerebros con los registros de crianza afectiva asentados a los cuatro y ochos años.

Publicado en 2010, el estudio de Filadelfia fue uno de los primeros en demostrar que las experiencias infantiles moldean la estructura del cerebro en desarrollo. Desde entonces, otras investigaciones han confirmado la relación entre la condición socioeconómica del bebé y el crecimiento de su cerebro, ya que, pese a su imponente capacidad innata, ese órgano depende en buena medida de la estimulación ambiental para desarrollar conexiones ulteriores.
A pesar de milenios de crianza infantil, nuestra comprensión de los gigantescos pasos que dan los bebés en sus capacidades cognitivas, lingüisticas, de raciocinio y planificación es muy limitada. El desarrollo vertiginoso de los primeros años coincide con la formación de una gran madeja de circuitos neuronales. Al nacer, el cerebro tiene cerca de 100,000 millones de neuronas, tantas como en la edad adulta, pero a medida que el bebé crece y recibe una avalancha de estímulos sensoriales, las neuronas se conectan entre sí y establecen, hacia los tres años, unos 100 billones de conexiones.

Diversos estímulos y tareas, como escuchar una canción de cuna o alcanzar un juguete, ayudan a formar diferentes redes neuronales cuyos circuitos se fortalecen mediante la activación repetida. La vaina que envuelve las fibras nerviosas -hecha de un material aislante llamado mielina- se engrosa en las vías utilizadas con más frecuencia, contribuyendo a que los impulsos eléctricos viajen con más rapidez; en cambio, los circuitos en reposo mueren al romperse sus conexiones, en un fenómeno conocido como poda sináptica. Entre las edades de uno y cinco años, y nuevamente en la adolescencia temprana, el cerebro pasa por estos ciclos de crecimiento y reestructiración en los que la experiencia desempeña un papel clave en la definición de los circuitos que persistirán.


Ver más: http://www.ngenespanol.com/ciencia/salud/15/01/20/el-primer-ano-devida.html

sábado, 24 de octubre de 2015

¿Cómo convencer a tus hijos de que es importante leer?

Fuente: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/10/150911_hay_festival_como_convencer_hijos_leer_rocangliolo_ch


Una maestra leyéndole a unos niños 

Mucha gente me pregunta cómo convencer a sus hijos de que es importante leer.
Yo siempre respondo: "Si tu plan es convencerlos, ya vas mal".

Nadie tiene que convencer a sus hijos de jugar al fútbol, ver películas o jugar en una piscina. Los chicos lo hacen solos porque es un placer. La lectura también lo es. Si el niño no lo sabe, suele ser porque tampoco lo sabe el padre.

Y es que muchos adultos quieren que sus pequeños lean, pero no leen ellos mismos. En mi familia, primero como hijo y ahora como padre, los menores siempre hemos visto a sus mayores leer y hablar de libros con pasión. Y por lo tanto, hemos querido formar parte de eso (de hecho, el reto familiar en cada generación es cómo convencer a los hijos de estudiar medicina. Hasta ahora, nadie lo ha logrado).

En cambio, si los padres no disfrutan de los libros, no tiene mucho sentido que le insistan al chico sobre la importancia de la lectura. El niño pensará: "Si fuera tan importante, lo harías tú". Sin un soporte real, la recomendación de leer es tan vacía como gritarle a un niño: "¡Te he dicho que no grites groserías, coño!".

En un entorno familiar que sí conoce el placer de leer, la pregunta es otra: "¿Qué libro puede gustarle a nuestro niño en particular?".

La cultura hispana, según he vivido como estudiante y como escritor, trata la lectura como un deber penoso: "debes leer porque es importante, no porque te guste". Los niños españoles de mi generación fueron obligados a leer el Quijote: más de mil páginas en español del siglo XVII. Los peruanos teníamos que leer poemas de Rubén Darío, cuyo universo clasicista y vocabulario rebuscado resultaban demasiado lejanos a nuestro mundo.

Algunos de esos escolares seguimos leyendo, y más adelante, después de muchas lecturas, llegamos a comprender las ambiciones literarias de los grandes clásicos. Pero muchísimos estudiantes simplemente deciden que la lectura no es para ellos. Esos son los que, de mayores, dicen "Me gustaría leer, pero no tengo tiempo". Siempre tienen tiempo para los deportes, la vida social o los viajes. Si no leen, es que no les gusta leer. Y si no les gusta, es porque la asocian a una experiencia de frustración y dificultad.

Debería ser obvio: uno no aprende a leer con las lecturas más exigentes, igual que uno no aprende a conducir en un camión de 9 velocidades.

La otra gran barrera entre niños y libros es la moraleja. Cada vez más, los padres y educadores plantean la lectura como un escaparate propagandístico de consignas y mensajes, no como un estímulo a la imaginación y el pensamiento. Los que escribimos para niños nos encontramos constantemente con comentarios editoriales como "¿Puedes alterar el final? El protagonista debe reconciliarse con todos los demás". "¿Puedes cambiar a este personaje? Su identidad sexual es demasiado tradicional (o demasiado poco tradicional)". Los adultos pretenden filtrar a los niños solo las historias que encarnen ejemplos nobles y valores supuestamente correctos.

Pues tengo una noticia: eso es aburrido. Su único efecto real es empujar a los chicos hacia la Playstation.

Los clásicos de la literatura infantil son pavorosamente inmorales. Caperucita desobedece a su madre. Y luego un lobo devora a la abuela y un leñador le abre la barriga a hachazos. Pulgarcito engaña y roba al gigante, que decapita a sus propios hijos al confundirlos con humanos ¿Y qué decir del leñador que debe matar a Blanca Nieves y arrancarle el corazón al cadáver como prueba? ¿O de la Matilda de Roald Dahl, con sus padres egoístas y aquella monstruosa directora de colegio?

Estos cuentos no pretenden que los lectores imiten a sus personajes. Solo les proporcionan una historia fascinante. Y confían en que nadie se ponga a decapitar a sus hijos al terminarla.

¿Son perniciosos para la educación de nuestros hijos? Todo lo contrario: nos ofrecen la oportunidad de hablar con ellos. Los padres que contamos cuentos a los niños no solo narramos: luego respondemos sus preguntas sobre la envidia, la belleza, el bien, el mal, y todos los temas que hacen grandes a las historias. Así, sin querer, explicamos a la humanidad, sus sentimientos y sus paradojas.

Al demandar relatos que grafiquen inequívocamente sus valores, y solo sus valores, muchos padres y educadores se niegan la ocasión de dialogar sobre ellos con sus hijos. Es un diálogo difícil, pero precisamente por eso, es uno de los componentes fundamentales de la educación.

Así que, si usted quiere convencer a su hijo de la importancia de la lectura, convénzase primero a usted mismo. Relájese. Disfrute leyendo. Y a continuación, pregúntese: "¿Con qué libro mi hijo lo pasaría así de bien?".


El Hay Festival México es un encuentro entre distintos pensadores y personalidades para debatir sobre el mundo de hoy e imaginar el de mañana.
Tiene lugar en Ciudad de México entre el 23 y el 25 de octubre.
Por primera vez en su historia, tiene una versión digital, el HayFestivalMéxico@BBCMundo, coproducida por BBC Mundo.
Todo lo que necesitas saber sobre el HayFestivalMéxico@BBCMundo lo encuentras aquí.

Ver más en: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/10/150911_hay_festival_como_convencer_hijos_leer_rocangliolo_ch